Dicen los libros de
historia que fue el 1 de mayo de 1912 cuando finalmente el arroyo de Las
Vacas logró lo que ni en los más remotos sueños sus pobladores hubiesen
ideado: un puente que además de cruzarlo de lado permite a los barcos
de gran porte y calado pasar. En Carmelo el sueño se hizo real.
El puente pasó a formar parte de la vida de los carmelitanos (así es
como se conoce al habitante de Carmelo), quienes se sintieron tan
orgullosos de "la obra", como aquí todavía algunos la llaman, que el
invento tomó repercusión en el resto del país.
Todos querían tener uno igual, pero no ocurrió y el de Carmelo además de
ser el primero en el país es el único cuyo movimiento se realiza a
tracción humana. Y así, aún hoy cuando se nombra la ciudad el puente es
la primera palabra a la que se asocia.
De acuerdo a información historiográfica, desde 1758 existió el poblado de las Víboras. Este comprendía una capilla y unos cuantos ranchos dentro de cuatro manzanas. El 12 de febrero de 1816, desde Villa Purificación, el Gral.
Artigas decretó el traslado de Víboras a la nueva zona en el arroyo de
las Vacas y fundó Carmelo, el único centro poblado de la República que
surge por la voluntad del prócer, y que fue conocido en un principio como "Poblado de las Vacas".
Una costanera o
pequeño malecón, recibe a los visitantes que vienen del río, tanto de la
ciudad de Montevideo, de Colonia del Sacramento o de Tigre, uno de los
tantos puertos de la vecina ciudad de Buenos Aires (Argentina).
Con un paseo de terrazas, glorietas, parras, uvas, esculturas y flores
que coinciden en La Fuente de Las Tentaciones, este paseo nos lleva
hasta el puerto local, donde se erige un busto del libertador José de
San Martín. Desde aquí, la vista que se tiene del puente giratorio es
majestuosa. Autos, bicicletas, motos y caminantes lo atraviesan de un
lado al otro durante el día e incluso matean sobre él observando la
quietud de las aguas al atardecer.
De vez en cuando, algún barco de gran calado, previo aviso a la
prefectura local, decide atravesar el puente y ahí la magia se apodera
del río, de los hombres, de todo. El centro del puente gira de manera
tan bella que las personas se posan sobre la costanera para ver el
espectáculo e incluso muchas veces los aplausos ganan la partida.
Rojo y radiante de día e iluminado de manera impecable cuando llega la
noche, sus luces amarillas y su brillo se reflejan en la quietud del
agua del arroyo. Cuando hay luna llena, esta también cruza como si
jugara a cruzar el puente igual que lo hacen los niños y adolescentes de
Carmelo varias veces al día.
Seguramente al fundar Carmelo, Artigas jamás soño que allí se ubicaría el primer puente giratorio de sudamérica.
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