viernes, 31 de agosto de 2012

Puente Giratorio de Carmelo

Dicen los libros de historia que fue el 1 de mayo de 1912 cuando finalmente el arroyo de Las Vacas logró lo que ni en los más remotos sueños sus pobladores hubiesen ideado: un puente que además de cruzarlo de lado permite a los barcos de gran porte y calado pasar. En Carmelo el sueño se hizo real. El puente pasó a formar parte de la vida de los carmelitanos (así es como se conoce al habitante de Carmelo), quienes se sintieron tan orgullosos de "la obra", como aquí todavía algunos la llaman, que el invento tomó repercusión en el resto del país. Todos querían tener uno igual, pero no ocurrió y el de Carmelo además de ser el primero en el país es el único cuyo movimiento se realiza a tracción humana. Y así, aún hoy cuando se nombra la ciudad el puente es la primera palabra a la que se asocia.
De acuerdo a información historiográfica, desde 1758 existió el poblado de las Víboras. Este comprendía una capilla y unos cuantos ranchos dentro de cuatro manzanas. El 12 de febrero de 1816, desde Villa Purificación, el Gral. Artigas decretó el traslado de Víboras a la nueva zona en el arroyo de las Vacas y fundó Carmelo, el único centro poblado de la República que surge por la voluntad del prócer, y que fue conocido en un principio como "Poblado de las Vacas".


Una costanera o pequeño malecón, recibe a los visitantes que vienen del río, tanto de la ciudad de Montevideo, de Colonia del Sacramento o de Tigre, uno de los tantos puertos de la vecina ciudad de Buenos Aires (Argentina). Con un paseo de terrazas, glorietas, parras, uvas, esculturas y flores que coinciden en La Fuente de Las Tentaciones, este paseo nos lleva hasta el puerto local, donde se erige un busto del libertador José de San Martín. Desde aquí, la vista que se tiene del puente giratorio es majestuosa. Autos, bicicletas, motos y caminantes lo atraviesan de un lado al otro durante el día e incluso matean sobre él observando la quietud de las aguas al atardecer. De vez en cuando, algún barco de gran calado, previo aviso a la prefectura local, decide atravesar el puente y ahí la magia se apodera del río, de los hombres, de todo. El centro del puente gira de manera tan bella que las personas se posan sobre la costanera para ver el espectáculo e incluso muchas veces los aplausos ganan la partida. Rojo y radiante de día e iluminado de manera impecable cuando llega la noche, sus luces amarillas y su brillo se reflejan en la quietud del agua del arroyo. Cuando hay luna llena, esta también cruza como si jugara a cruzar el puente igual que lo hacen los niños y adolescentes de Carmelo varias veces al día.
Seguramente al fundar Carmelo, Artigas jamás soño que allí se ubicaría el primer puente giratorio de sudamérica.

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